Fontana di Trevi

Siempre digo que la Fontana di Trevi es mi lugar favorito de Roma y creo que es así por cuánto me impresionó la primera vez que la vi. Íbamos callejeando por el centro, en una calurosa tarde de final de verano y, entre el bullicio de la gente, escuché primero el ruido del agua y, de repente, esas calles estrechas se abrieron y tenía delante esa inmensidad blanca y brillante, con el estruendo del agua acallando las voces de los turistas.

Desde aquel día, la he visto en inverno, en verano, en otoño y en primavera. La he visto de día y de noche. La he visto bajo un sol abrasador, salpicada por la lluvia y cubierta de nieve (sí, nieve en Roma). La he visto llena hasta los topes y tan vacía que te hace pensar que eres la única persona del planeta que la conoce (o casi). La he visto sucia y tristona, tan limpia que brillaba y cubierta de andamios. Esos andamios por los que podías pasar y descubrir que sí, en efecto, las esculturas que la forman son inmensas. Incluso no la he visto, sí, incluso he estado en Roma y marcharme de la ciudad sin verla. Pero siempre vuelvo, es inevitable.

He perdido la cuenta de la monedas que he lanzado a sus aguas. Pero me da igual: cada vez que voy, tengo que tirar una. No puedo arriesgarme a no volver.



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