Lo conté en otro sitio y hasta en otro idioma, pero es un pensamiento recurrente, lo de los hilos invisibles. Esos hilos que nos unen con otra gente, de manera casi insignificante, porque a veces son finos, muy finos, casi transparentes. A veces no, a veces son fuertes y gruesos, obvios, resistentes y lo pueden todo. A veces, a pesar de su apariencia, se quiebran, bien de golpe, bien poco a poco y de un último tirón, paf, se rompen del todo. Pero a veces, aunque son finísimos, sí, duran y duran sin darte cuenta, sin ser consciente casi de que están ahí. Y pasa el tiempo, los años, la distancia; pasa la vida. Pero siguen ahí, a veces ignorados, sin acabar de soltarte, sin acabar de romperse. No siempre es bueno, tampoco tiene por qué ser necesariamente malo. Pasas tiempo ignorándolos pero luego, por lo que sean, aparecen ahí, más brillantes que nunca. O no, o simplemente están. Puedes sacudírtelos, pero no siempre tienes la energía para hacerlo, o las ganas. Porque son involuntarios y sabes que, hagas lo que hagan, te van a unir a esa persona de manera inevitable.


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