A veces aparece poco a poco, una simple molestia que no acaba de desaparecer, y cada vez va a más, hasta que notas realmente el dolor. A veces es más brusco, repentino, sientes de repente una intensa punzada de dolor que te hace hasta llorar. Puede ser que te den alguna medicina para hacerlo más llevadero, tal vez te inmovilizan la parte dañada. Pero, en general, en la mayoría de los casos, te aseguran que el dolor desaparecerá solo. Y te acostumbras a eso, a convivir con esa molestia. «Total, de esto no me voy a morir», piensas. «Tampoco es para tanto». Y un día, de la nada, el dolor vuelve, incluso más fuerte que nunca. Igual es un cambio de tiempo, tal vez un golpe tonto que te das con una silla o un mensaje que recibes. Ahí está, de nuevo, el dolor.
Hablo de ese corte que no acaba de cicatrizar, de esa torcedura que se sigue resistiendo a curarse, de ese corazón que alguna vez te partieron.
Con los años, te das cuenta de que los dolores se acumulan, uno tras otro, y te acostumbras, claro que te acostumbras, ¿qué remedio tienes? Y te resignas a convivir con esos dolores, pequeños y miserables.

Deja un comentario